lunes, 16 de abril de 2012

Huellas

En las huellas de ida los pies se apoyan sin problema, pero en las de vuelta la cosa se complica. Las de ida trazan el camino de los que se fueron, por hambre, por miedo o por las dudas. Las de vuelta dibujan la senda de la nostalgia o del desconsuelo. Las de ida son más hondas, más profundas, resultado de muchas cavilaciones. Las de vuelta son más íntimas, besadas por descalzos, más biográficas.
En unas y otras el denominador común es la esperanza. En las de ida la esperanza son brazos y abrazos, todos de lejos. En las de vuelta la esperanza es que la memoria no haga trampas, que nos espere con los ojos de antes, los brazos de cerca, las calles de siempre, los árboles que no se derrumbaron.
Huellas y huellas, rastros y señales, vestigios y utopías. El mundo está allá y está aquí, los prójimos continuos y remotos.
Las próximas huellas serán nuevas, fresquitas. A duras penas crearán otro camino y otra forma de ser y de pisar. Loado sea el futuro, si existe. ¿Existirá?





Caminante no hay camino, se hace camino al andar
17

martes, 10 de abril de 2012

la máquina


Pregunta al hombre qué máquina prefiere.


Aguarda la respuesta, pero no te preocupes si no cae en lo obvio. Es común que alguna vez ocurra eso.


Sé paciente, exponle las características técnicas. Tutéale. Pregúntale cuál de las dos máquinas es más incombustible. Si prefiere acaso la carrocería fría de metal o el calor de la piel candente. Háblale del ronroneo del motor, de cómo suena cuando adquiere potencia; de las revoluciones que alcanza y de cómo lo revoluciona todo cuando pasa. No te olvides de los extras. El bonus track es importante. Dile lo del GPS; pero dile también lo jodidamente genial que es estar perdido si ella está de copiloto. Y si el vehículo es descapotable entonces lo de te( )cho de menos puede tener un doble sentido.


No descuides sus intereses personales, interésate por los factores subjetivos. Pregúntale por qué caminos le gusta conducir, qué curvas prefiere tomar. Si se decanta por el aire puro de las montañas o la sal de la costa o el bullicio de la ciudad o si por el contrario prefiere el aliento que sus pulmones, los de ella, insuflan.


Entonces sonríe, entorna los ojos, y pregúntale al oído y en voz baja, apenas un susurro:


¿Te gusta conducir?