sábado, 27 de agosto de 2011

pero dime ven




"De repente, cogió la luz roja que había en el centro de la habitación y la enfocó hacia allí.
La pared quedó iluminada y me encontré frente a frente con un mural lleno de fotos polaroid.
Las instantáneas estaban agrupadas de doce en doce...Estaban separadas por años...Creo que conté que debía de haber casi cuarenta años seguidos en aquella pared...
Las fotos eran primeros planos de hombres y mujeres en diferentes lugares y realizando actividades cotidianas...Tomaban café, fumaban, reían...
-¿Quiénes son?- pregunté.
-Mis perlas.- Sonrió- Cada año de mi vida he buscado doce perlas. Doce personas que no conociera pero que se me aparecieran y marcaran mi mundo de tal manera que mi yo virara.
-¿Mi yo virara?-repetí.
-El Sr. Martín fue una perla de tu vida.- Me lo ejemplificó y yo se lo agradecí-. Fue una joya que el mundo te dio y, aunque han pasado los años, aún la conservas...Eso confirma qué gran perla fue, pues el tiempo no le ha quitado nada de su brillo y de su intensidad.
Miré detenidamente aquel mural.
No podría deciros qué predominaba. Las perlas eran de todos los colores, sexo y edades. Me gustaba contemplarlas...
Había algo en esos rostros, en esas miradas, que desprendía energía. Sonreí.
-Hay energía en ellos, ¿verdad?
Él también sonrió.
-Mucha. Tres de ellos son más que perlas...Son esas energías especiales de las que te hablé en el barco, esas que has de encontrar...Almas que se funden con la tuya propia.
-¿De verdad?- estaba entusiasmado con esa definición.
Él continuó:
-Con el tiempo, algunas perlas pasan a ser diamantes. Cada ochenta o noventa perlas aparece un diamante...Un diamante, para que me entiendas, es una de esas personas que se hace tan básica y tan importante en tu vida que parece creada únicamente para ti...
Le entendía, pero creo que mi cara indicaba lo contrario. Él continuaba dándome ejemplos.
-Esos diamantes son como tus desparramados.
-¿Desparramados?
-Sí, tengo la teoría de que nos desparraman.
-¿A quiénes?
-A cada uno de nosotros y a cuatro personas más... Te desparraman en el mundo para que con el tiempo vayas encontrando a los otros cuatro. Ese es uno de los sentidos de la vida; encontrar desparramados, y por eso hay señales, para que no te confundas.
-¿Y cómo son esas señales?-pregunté.
-Algo que los une, puede ser algo sumamente sencillo..."

miércoles, 24 de agosto de 2011

si tú me dices ven lo dejo todo

"El día que conocí al Sr. Martín, yo ingresaba en el hospital con diez años, para perder las amígdalas, y él estaba a punto de desprenderse de un pulmón y medio.
Yo tenía tanto miedo cuando entré en aquella habitación que conseguí que se sintiera cómodo con el suyo propio.
-Pensaba que yo era la persona con más miedo del mundo, pero veo que tú triplicas el mío. Eso me tranquiliza- me dijo muy serio.
Era muy grande, medía casi dos metros y rozaba los 150 kilos.
Todo en él era inmenso, superaba los noventa años y su barba grisácea inundaba todo su rostro.
Me habría dado miedo si me lo hubiera encontrado en la calle, pero allí, con aquella bata que no le cubría ni el culo, me parecía totalmente inofensivo.
Mis padres habían ido a firmar mi ingreso; me alegré de que no los conociera. En aquella época aún sentía vergüenza de ellos.
Mi gran aliada contra aquel gigante era aquella enfermera que no parecía interesarse mucho por mí, pero que cumplía los cánones de estatura, peso y edad.
Pero mi escudo desapareció al poco de acomodarme en aquella enorme cama.
Así que me quedé solo junto a la persona más impresionante con la que he compartido respiración en mi vida. Nadie más me ha robado tanta ni he sentido tan cerca la suya propia.
Nos quedamos en silencio. Él no paraba de mirarme.
Fueron casi dos minutos iniciales de gran tensión. Él olía mi miedo, pero no parecía que fuera a atacarme. Finalmente, rompió el instante...
-Me llamo Martín. ¿Y tú?
Me tendió la mano. Yo dudé si encajarla.
Mis padres me habían enseñado que jamás debía saludar a desconocidos. Aunque, teóricamente, Martín no era un desconocido completo, ya que dormiría junto a él durante las tres siguientes noches si nada se complicaba.
Era curioso, era un desconocido que debía convertirse rápidamente, por obligación, en alguien cercano.
-Dani...
Me salió casi como un susurro. Pero creo que me oyó.
Apreté con fuerza la mano que me tendía. Él sonrió y no apretó nada. Fue un bonito gesto sentir que tenía mas fortaleza que él.
Estuve a punto de decirle algo, pero justo en ese instante apareció un celador para llevárselo al quirófano.
El camillero le habló fuerte. Manías que tiene la gente con las personas mayores. Creen que les facilitan la vida subiéndoles el tono o bajándoles el ritmo vital.
-Sr. Martín, es hora de ir al quirófano. ¿Dónde está su acompañante?
El Sr. Martín le indicó con la mano que bajara el tono. Fue divertida la forma como lo hizo.
-No tengo acompañante- replicó seguidamente, sin ningún tipo de vergüenza.
-¿No tiene a nadie que le espere fuera mientras le están operando?- repitió aquel chaval veinteañero en un tono que rozaba la grosería.
-Tengo muchos que me esperan si la cosa va mal, pero ninguno si la cosa va bien.
Ahora el celador era quien sentía vergüenza.
-Lo siento- musitó.
-Yo no. Mi tiempo ya no es este. Es normal entonces que ya no tenga a mi gente conmigo, ¿no?
Un nuevo silencio nos absorbió a los tres.
Yo nunca había imaginado que alguien no tuviese a nadie sufriendo tras una puerta de quirófano. Nadie a quien el médico pudiera salir a tranquilizar por la tardanza o por los problemas derivados de alguna complicación.
-¿Qué le van a hacer?- pregunté poniendo el mejor tono de adulto que supe imitar.
Él se volvió y clavó de nuevo su mirada en mí.
-Me van a dejar medio pulmón dentro. Lo justo para poder respirar y soltar un poco de aire. Aunque tampoco necesito mucho más a mi edad. Me han dicho que se puede vivir hasta con un cuartito de pulmón. Así que me sobra...
Me quedé tocado. Yo perdía unas amígdalas y vendrían para estar conmigo mis padres, los dos abuelos que me quedaban y mi hermano. Él perdía parte de su respiración y no tenía a nadie a su lado...
Creo que en aquel instante descubrí que el mundo era injusto. A partir de ahí he sido testigo de tantas injusticias que he dejado de contarlas y he convivido con ellas sin inmutarme.
-Yo le esperaré fuera-solté sin darme cuenta de lo que decía.
Él sonrió por primera vez. En su sonrisa había mucha felicidad.
Se acercó a mí y me abrazó. Y con el abrazo me llegó todo el miedo que sentía ante aquella operación que le privaría de aspirar tanto aire como desease.
-Gracias- me susurró-. Hace más ilusión salir de ahí dentro si sabes que alguien te va a esperar aquí fuera. Me daría la sensación de que actúo para alguien y eso es importante...¿Sabes que en teatro sólo actúan si hay como mínimo tantos espectadores como actores interpretando?
Negué con la cabeza.
-Ahora ya puedo actuar, porque tengo un espectador observándome. Lo haré bien por ti.
El abrazo cesó y dejó de susurrarme cosas. "



lunes, 1 de agosto de 2011

La sombra del viento



"El hombre más sabio que jamás conocí, Fermín Romero de Tormes, me había explicado en una ocasión que no existía en la vida experiencia comparable a la de la primera vez en que uno desnuda a una mujer. Sabio como era, no me había mentido, pero tampoco me había contado toda la verdad. Nada me había dicho de aquel extraño tembleque de manos que convertía cada botón, cada cremallera, en tarea de titanes. Nada me había dicho de aquel embrujo de piel pálida y temblorosa, de aquel primer roce de labios ni de aquel espejismo que parecía arder en cada poro de la piel. Nada me contó de todo aquello porque sabía que el milagro solo sucedía una vez y que, al hacerlo, hablaba un lenguaje de secretos que, apenas se desvelaban huían para siempre. Mil veces he querido recuperar aquella primera tarde en el caserón de la avenida del Tibidabo con Bea en que el rumor de la lluvia se llevó al mundo.
[...]
Tenía diecisiete años y la vida en los labios."


"Una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo. Para cuando la razón es capaz de entender lo sucedido, las heridas del corazón ya son demasiado profundas."


"Un secreto vale aquello de quienes tenemos que guardarlo."


"Si quiere usted de verdad poseer a una mujer, tiene que pensar como ella, y lo primero es ganarse su alma. El resto, el dulce envoltorio mullido que le pierde a uno el sentido y la virtud, viene por añadidura."


"Mire, Daniel. El destino suele estar a la vuelta de la esquina. Como si fuese un chorizo, una furcia o un vendedor de lotería: sus tres encarnaciones más socorridas. Pero lo que no hace es visitas a domicilio. Hay que ir a por él."




Citas y fotos al azar. La Sombra del Viento. Julio 2011