miércoles, 24 de agosto de 2011

si tú me dices ven lo dejo todo

"El día que conocí al Sr. Martín, yo ingresaba en el hospital con diez años, para perder las amígdalas, y él estaba a punto de desprenderse de un pulmón y medio.
Yo tenía tanto miedo cuando entré en aquella habitación que conseguí que se sintiera cómodo con el suyo propio.
-Pensaba que yo era la persona con más miedo del mundo, pero veo que tú triplicas el mío. Eso me tranquiliza- me dijo muy serio.
Era muy grande, medía casi dos metros y rozaba los 150 kilos.
Todo en él era inmenso, superaba los noventa años y su barba grisácea inundaba todo su rostro.
Me habría dado miedo si me lo hubiera encontrado en la calle, pero allí, con aquella bata que no le cubría ni el culo, me parecía totalmente inofensivo.
Mis padres habían ido a firmar mi ingreso; me alegré de que no los conociera. En aquella época aún sentía vergüenza de ellos.
Mi gran aliada contra aquel gigante era aquella enfermera que no parecía interesarse mucho por mí, pero que cumplía los cánones de estatura, peso y edad.
Pero mi escudo desapareció al poco de acomodarme en aquella enorme cama.
Así que me quedé solo junto a la persona más impresionante con la que he compartido respiración en mi vida. Nadie más me ha robado tanta ni he sentido tan cerca la suya propia.
Nos quedamos en silencio. Él no paraba de mirarme.
Fueron casi dos minutos iniciales de gran tensión. Él olía mi miedo, pero no parecía que fuera a atacarme. Finalmente, rompió el instante...
-Me llamo Martín. ¿Y tú?
Me tendió la mano. Yo dudé si encajarla.
Mis padres me habían enseñado que jamás debía saludar a desconocidos. Aunque, teóricamente, Martín no era un desconocido completo, ya que dormiría junto a él durante las tres siguientes noches si nada se complicaba.
Era curioso, era un desconocido que debía convertirse rápidamente, por obligación, en alguien cercano.
-Dani...
Me salió casi como un susurro. Pero creo que me oyó.
Apreté con fuerza la mano que me tendía. Él sonrió y no apretó nada. Fue un bonito gesto sentir que tenía mas fortaleza que él.
Estuve a punto de decirle algo, pero justo en ese instante apareció un celador para llevárselo al quirófano.
El camillero le habló fuerte. Manías que tiene la gente con las personas mayores. Creen que les facilitan la vida subiéndoles el tono o bajándoles el ritmo vital.
-Sr. Martín, es hora de ir al quirófano. ¿Dónde está su acompañante?
El Sr. Martín le indicó con la mano que bajara el tono. Fue divertida la forma como lo hizo.
-No tengo acompañante- replicó seguidamente, sin ningún tipo de vergüenza.
-¿No tiene a nadie que le espere fuera mientras le están operando?- repitió aquel chaval veinteañero en un tono que rozaba la grosería.
-Tengo muchos que me esperan si la cosa va mal, pero ninguno si la cosa va bien.
Ahora el celador era quien sentía vergüenza.
-Lo siento- musitó.
-Yo no. Mi tiempo ya no es este. Es normal entonces que ya no tenga a mi gente conmigo, ¿no?
Un nuevo silencio nos absorbió a los tres.
Yo nunca había imaginado que alguien no tuviese a nadie sufriendo tras una puerta de quirófano. Nadie a quien el médico pudiera salir a tranquilizar por la tardanza o por los problemas derivados de alguna complicación.
-¿Qué le van a hacer?- pregunté poniendo el mejor tono de adulto que supe imitar.
Él se volvió y clavó de nuevo su mirada en mí.
-Me van a dejar medio pulmón dentro. Lo justo para poder respirar y soltar un poco de aire. Aunque tampoco necesito mucho más a mi edad. Me han dicho que se puede vivir hasta con un cuartito de pulmón. Así que me sobra...
Me quedé tocado. Yo perdía unas amígdalas y vendrían para estar conmigo mis padres, los dos abuelos que me quedaban y mi hermano. Él perdía parte de su respiración y no tenía a nadie a su lado...
Creo que en aquel instante descubrí que el mundo era injusto. A partir de ahí he sido testigo de tantas injusticias que he dejado de contarlas y he convivido con ellas sin inmutarme.
-Yo le esperaré fuera-solté sin darme cuenta de lo que decía.
Él sonrió por primera vez. En su sonrisa había mucha felicidad.
Se acercó a mí y me abrazó. Y con el abrazo me llegó todo el miedo que sentía ante aquella operación que le privaría de aspirar tanto aire como desease.
-Gracias- me susurró-. Hace más ilusión salir de ahí dentro si sabes que alguien te va a esperar aquí fuera. Me daría la sensación de que actúo para alguien y eso es importante...¿Sabes que en teatro sólo actúan si hay como mínimo tantos espectadores como actores interpretando?
Negué con la cabeza.
-Ahora ya puedo actuar, porque tengo un espectador observándome. Lo haré bien por ti.
El abrazo cesó y dejó de susurrarme cosas. "



4 comentarios:

  1. Ojalá que Martín salga ileso de la operación :)

    Me ha emocionado la historia! Sigue escribiendo sobre ellos!! Un beso.

    ResponderEliminar
  2. =) claro que saldra ileso...y si no es asi por alguna circunstancia de la vida, el sabra que dani lo esperaba fuera y deseo con todas sus fuerzas verlo otra vez... que tarde o temprano todos vamos al mismo sitio...TqqT

    ResponderEliminar
  3. Creo que el último texto que he publicado te gustará.
    Otra gran entrada la tuya. Lo has escrito tú, ¿no? :)
    Un besito, N.

    http://missyounghamilton.blogspot.com/

    ResponderEliminar
  4. No no, no lo escribí yo !
    Los dos últimos textos son pedacitos del libro "si tú me dices ven lo dejo todo, pero dime ven". Ahora está de moda dicen... de hecho lo compré en la estantería de los "más vendidos" del aeropuerto. Tampoco me pareció una graaaaan maravilla, pero bueno, tiene fragmentos que te hacen pensar :)

    ResponderEliminar

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.