jueves, 20 de enero de 2011

la voz adecuada, el acento adecuado



A veces empezamos a hablar sin tener nada que decir. Articulamos cualquier expresión sencilla para escapar de la inercia del silencio. Porque a veces el silencio es tranquilizante, un sedante natural. Como aquel cuando las miradas hablan solas, con susurros imperceptibles al oído que solo se recogen en otras frecuencias, más sensibles. En este silencio pacífico caben todos los sonidos, todos aquellos que nos resultan armónicos. Cada uno aporta su oído y clasifica los estímulos. El rugido del mar, el desgarro de la piel con una caricia, el repiquetear de la lluvia, dos labios al sellarse, un par de manos que se entrelazan sin aviso previo, tu canción favorita en un concierto, el clamor de las llamas, el mar, unas ruedas deslizando sobre el asfalto. Nuestro nombre siendo pronunciado con la voz adecuada. Con el acento adecuado.



En imagen: la voz adecuada, el acento adecuado



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